sábado, 29 de junio de 2013

Let Me Love You



Imprescindible escucharla con auriculares, aunque no he encontrado un vídeo dónde realmente se escuche el sonido de esta canción como merece; sólo éste pero tampoco se oye muy allá.
Canción narrada, no cantada. Porque Isaac Hayes convierte el tacto de terciopelo y el olor de tu pelo en música. En una canción, como siempre digo yo para abrazarte a él y sentirlo, para apoyar tu cabeza en su hombro y ... ojitos cerrados.
Disfruto especialmente en el crescendo final de la canción, en el que el abrazo se hace más intenso, más apretado, porque sabes que se acaba la música y luego vendrá el silencio.
Una de las canciones más sensuales que conozco, de esas que no me canso de escuchar nunca; perteneciente a esa maravilla de disco llamado "Branded", del que no descarto poner otras piezas absolutamente maravillosas como "Thanks To The Fool" o "I'll Do Anything (To Turn You On)".

martes, 18 de junio de 2013

What a Fool Believes

 

¡Bajad las ventanillas del coche!
¡Ponedla a todo volumen! Y sacad la cabeza fuera, la melena al viento, para recoger el sol y el viento de la vida.
¡Volvámonos locos escuchando esta canción! Porque es una canción que se ríe y se grita en las noches de verano.
Y pegas saltos encima de las camas y las sillas. Y lo agarras a Él y te lo comes a besos y lo estrujas de un abrazo interminable. Bueno, interminable no, al menos lo que dure esta canción.
Pero eso sí,  todo riendo, todo salvaje, ... todo maravilloso.

sábado, 15 de junio de 2013

Me has follado


Te lo noté en cuanto te vi mientras nos presentaban en ese pub de Valencia. Esa mirada tuya recorriéndome de arriba a abajo, calculando las posibilidades y ensayando la estrategia. Luego me miraste y supe que pensabas: "Me la quiero follar".
Las quedadas previas, las llamadas telefónicas, las cenas románticas, todo eso no eran más que los escalones de una escalera de Jacob que nos habría de llevar a este momento.
Me invitas a tu casa y al rato practico mi juego favorito. Te pido ir al baño y te dejo sentado en el sofá, expectante. Cuando regreso voy completamente desnuda. Tu mirada la he visto antes, es la mirada del explorador que descubre Angkor Wat en mitad de la selva camboyana: atónita, agradecida y dándose cuenta de los momentos de gloria que le esperan.
Te desnudo aprovechando tu desconcierto, y en silencio. Las palabras sobran.
Y sucede.
No parecía gustarte la idea de que te cabalgara, pues en cuanto me he puesto a hacerlo me has agarrado de los hombros y me has clavado contra la cama.
Y empieza la gran batalla de los sexos, sublime pero oscura. Primero me has puesto a cuatro patas y la he sentido entrar dentro de mí, caliente y correcta. Tus manos han buscado mis pechos y has conseguido que me corriese de gusto en poco tiempo. Te has movido bien, lo reconozco, que cada vez es más difícil encontrar tíos que lo hagan bien (como no bailáis, es lo que pasa).
Luego me has puesto boca arriba y has agarrado mis tobillos levantándolos hasta rodear tu cuello. Y has empujado lo tuyo, para atravesarme. Tu sudor me caía encima y no me quitabas los ojos de los míos como pidiéndome explicaciones. En un momento dado me has llamado "guarra". Mira, te lo perdono, dado el momento de descontrol bestial existente entre ambos ahora.
Después de un breve intervalo de vacío verbal y gestual no has podido aguantar más, ya que según tú te gusto demasiado. La has sacado y te has pegado una buena corrida embadurnándome entera con chorros de vida, y mirando al techo por si encontrabas ahí la razón de tamaña sinrazón, aullando como un animal en la noche.
Ahora estás en el baño limpiándote la verga porque quieres que te la chupe otra vez antes de que acabe la noche. Momento que aprovecho para coger la cámara y fusilarme el cuerpo. Los restos de la batalla adornan mi estómago, mi sexo, mis pechos ... y hay que dejar documento gráfico: un corresponsal de guerra es un corresponsal de guerra.
Y pienso: me has follado. 
Te has quedado a gusto, y yo también. Te has vaciado sobre mí entero y te ha molado, lo sé.
Has acabado conmigo, me has dado mi merecido, y yo me lo he buscado, admitido. Nada que alegar, señoría.
Pero en cuanto vuelvas tengo una sorpresa. 
Y las sorpresas, como los deseos, no ... se ... dicen ... nunca.

[Para Carlos, mi argentino favorito. Por esos momentos de excitación virtual que vivimos. Inolvidables.]

Soledad


Sentirte echada a un lado, de un codazo y en mitad del camino. Y quedarte ahí, con la mirada asustada de una niña perdida, viendo pasar la vida y las gentes, los colores y las ausencias.
Recordar tus caricias y tu mirada, el olor de tu pelo y tus abrazos. Y susurrarte otra vez: "Me encantas".
Porque te has vuelto a ir otra vez. Quizás es que no eras tú; sí, eso va a a ser.
Y mira que te he buscado en mis cortos años, como si hubiera sido durante toda una vida. Te he buscado en todas partes y tiempos, en las estaciones invernales y en el precioso verano. Te he buscado y te buscaré, porque sé que estás escondido en los rincones de la vida. Pero a veces desfallezco, y no quiero hacerlo pues sé que no te lo mereces, que en el fondo me estás gritando que lo siga intentando, y que algún día nos encontraremos.
Ahora me encuentro en esta estación de tren perdida en la alta montaña. Las hojas de otoño revolotean en mi verde alrededor. El sol se está poniendo delante de mí, con descaro. Y tengo frío. Me acurruco en el viejo columpio de madera, que produce el único sonido que se escucha: un leve crujir rítmico y oxidado que me habla de juegos infantiles de hace ya tanto tiempo que duele recordarlo.
Y alrededor solo hay silencio.
Sentir tu ausencia es lo peor. Haberte vaciado una vez más y darlo todo para luego recoger los trastos e irte de nuevo. Y sentirte cansada del viaje y de los viajeros.
Ahora espero en esta estación perdida. Miro sin cesar a lo lejos, cómo las vías del tren se pierden en la distancia, y sueño con que algún día pare un tren y de él baje alguien liso y con olor a jazmín. Y que venga con los colores del verano y me coja de las manos, me mire a los ojos azules y se vea reflejado, y me sonría, y ría.
- Hola, Eva.
- Hola.
- ¿Qué haces aquí? hace frío.
- Lo sé, te esperaba.
- ¿Desde cuándo, Eva?
- Desde el último invierno de mi vida, desde que las voces de los niños se fueron y dejaron este columpio abandonado. Desde que te soñé aquella noche e hicimos el amor soñándonos. Desde que elegí pasar la vida bailando y bailando porque me gusta sentirme con el pelo alborotado y gamberro. Desde siempre.
Acaba mi ensoñación y me doy cuenta de que anochece. La brisa me envuelve y siento frío.
Y el silencio. Siempre el silencio. 
Subo las piernas y me hago una bolita. Dentro de un rato me dormiré y quizás sueñe. 
Sí, quizás sueñe.
Sueña tú también, querido lector. Pero sueña cosas bonitas: con estaciones y columpios, con soledades y reencuentros. Con chicas bailando sobre el silencio de la vida.

[Dedicado a Carlos, por ser tan mono, ... y por llevar barbita]

sábado, 1 de junio de 2013

Carretera perdida


Conduje de noche anoche. Conduje sola en la noche. Hacia la aldea donde veraneaba de niña.
Fue un impulso, algo necesario y reparador. O al menos eso pensé al principio.
Llegar, caminar por esas calles desiertas, bajo el frío de la noche y de la vida. Recordar esas pequeñas rutas que recorrias de niña, cada rinconcito reencontrado me trae a la memoria la luz de otros días. Fue un recorrido nostálgico y doloroso. Pero necesario.
El tiempo ha pasado, también para ese sitio. Encontrarlo cambiado, encontrarme cambiada.
El frío de la noche que me empapa, y el sonido de mis pasos es lo único que escucho mientras paseo. Tras las ventanas de cada casita se perciben pequeñas luces. Las personitas no salen al fresco aturdidor de la noche, prefieren disfrutar de su seguridad, de su compañía.
Camino, camino por esas calles hasta altas horas de la noche, recordando, sintiendo, llorando.
Más tarde, pero mucho más tarde llego al coche, aparcado a la entrada de la aldea y me refugio en él del frío y del dolor color gris marengo.
Conduzco de vuelta a casa por una carretera solitaria, perdida y oscura a altas horas de la madrugada. Tan solo la luz pequeña y azulada de los faros ilumina la noche. Nadie más, nada más. En el interior del vehículo los sonidos se amortiguan y noto que me falta algo. Se trata de la música, eso que nunca, pero nunca ha de faltar en mi vida. Y elijo la adecuada al momento, a este momento, la que es su perfecta banda sonora. Querido lector, si quieres saber lo que sentí en ese momento escucha esa música. Ya te advierto que no es una melodía fácil, pero sí evocadora y ajusta al momento. Un disco titulado "Churchscapes: At The End Of Time" del gran Robert Fripp. La "Gibson" de Fripp y los sintetizadores me inundan el alma de paz y esperanza. Por unos segundos cierro los ojos y me juego un accidente, pero no pasa nada. No ha llegado mi día.
Y conduzco. 
Conduzco. 
Por una carretera. 
Perdida.

[Para José Manuel, un internauta encontrado en las carreteras perdidas de la vida]