Una amiga me recuerda un episodio que nos sucedió en Valencia. Me parto cuando me acuerdo. Viernes noche, en un pub estamos mi amiga Yekaterina, otras amigas y yo. En una mesa algo alejada, un grupo de chicos que nos mira, lo típico. Pero hay uno que no me quita ojo, de arriba a abajo. Presenta esa actitud recurrente de "aquí estoy yo y te consigo cuando quiera". Yo ni corta ni perezosa le clavo la mirada y empiezo a maquinar.
Yekaterina, que me conoce lo suyo, advierte que le estoy dando vueltas a algo y le cambia la cara porque sabe cómo me las gasto. No entiendo a esta ruski, la verdad. Metro ochenta de moscovita y la mayoría de las veces cobardica a más no poder. Siempre con miedo a que la pequeña polaca la líe. Chicos, si lo que buscáis es la perfecta novia a quién presentar a vuestras madres, esa sin duda es Yekaterina: discreta, inteligente, equilibrada, y además está buena.
Bueno, la cuestión es que pienso lo que pienso y me pongo en pie. Por el rabillo del ojo acierto a ver a la ruski que lanza la mano hacia mí con la clara intención de detenerme. Falla por poco y la oigo resoplar detrás de mí. Porque yo ya he tomado la dirección apropiada. Me acerco con pasos rítmicos hacia la mesa de los chicos, contoneando las caderas y mirando fija al chico protagonista de esas miradas hacia mi humilde figura. La música de John Legend que suena en ese momento es ideal para el avance.
Cuando llego a su altura las conversaciones en esa mesa han terminado bruscamente y todos me miran. Sé que detrás de mí, mis amigas están expectantes, y Yekaterina está roja como un tomate; a esas alturas no debe saber ya ni dónde meterse.
Me quedo a poca distancia del chico, me inclino apoyando las manos en mis rodillas, y le miro cerquita. Sus ojos son marrones, los míos azules, una combinación correcta. Y de manera super rápida le beso la punta de la nariz.
Me alejo por donde he venido partiéndome de la risa y sujetándome la boca con las manos. Detrás de mí alucinan. Por un momento la batalla se ha detenido y los guerreros, machos excitados, sucios y vociferantes han dejado caer escudos y lanzas, y miran el eclipse con las bocas abiertas.
La recepción de las chicas no puede ser mejor: aplausos generalizados, palmadas en la espalda y risas amontonadas. Menos Yekaterina, que con esa mirada gélida (herencia de la agreste estepa rusa) me está queriendo decir que esta noche en casa va a haber bronca. Además me advierte verbalmente que a la próxima salida de tono por mi parte se larga y perdemos nuestra amistad, cosa seria ésta.
Cuando salimos del pub una última mirada me indica que el chico está considerando muy seriamente la posibilidad de enamorarse de mí. Pero sigue petrificado en su asiento y no reacciona. Y esa es la última imagen que tengo de él.
Recordando con mi amiga esta anécdota me río y solo me viene a la cabeza una pregunta, quizás algo estúpida, pero es la que me viene: ¿Cómo se llamaría ese chico?



































