jueves, 31 de enero de 2013

Chicos I


Una amiga me recuerda un episodio que nos sucedió en Valencia. Me parto cuando me acuerdo. Viernes noche, en un pub estamos mi amiga Yekaterina, otras amigas y yo. En una mesa algo alejada, un grupo de chicos que nos mira, lo típico. Pero hay uno que no me quita ojo, de arriba a abajo. Presenta esa actitud recurrente de "aquí estoy yo y te consigo cuando quiera". Yo ni corta ni perezosa le clavo la mirada y empiezo a maquinar.
Yekaterina, que me conoce lo suyo, advierte que le estoy dando vueltas a algo y le cambia la cara porque sabe cómo me las gasto. No entiendo a esta ruski, la verdad. Metro ochenta de moscovita y la mayoría de las veces cobardica a más no poder. Siempre con miedo a que la pequeña polaca la líe. Chicos, si lo que buscáis es la perfecta novia a quién presentar a vuestras madres, esa sin duda es Yekaterina: discreta, inteligente, equilibrada, y además está buena.
Bueno, la cuestión es que pienso lo que pienso y me pongo en pie. Por el rabillo del ojo acierto a ver a la ruski que lanza la mano hacia mí con la clara intención de detenerme. Falla por poco y la oigo resoplar detrás de mí. Porque yo ya he tomado la dirección apropiada. Me acerco con pasos rítmicos hacia la mesa de los chicos, contoneando las caderas y mirando fija al chico protagonista de esas miradas hacia mi humilde figura. La música de John Legend que suena en ese momento es ideal para el avance.
Cuando llego a su altura las conversaciones en esa mesa han terminado bruscamente y todos me miran. Sé que detrás de mí, mis amigas están expectantes, y Yekaterina está roja como un tomate; a esas alturas no debe saber ya ni dónde meterse.
Me quedo a poca distancia del chico, me inclino apoyando las manos en mis rodillas, y le miro cerquita. Sus ojos son marrones, los míos azules, una combinación correcta. Y de manera super rápida le beso la punta de la nariz.
Me alejo por donde he venido partiéndome de la risa y sujetándome la boca con las manos. Detrás de mí alucinan. Por un momento la batalla se ha detenido y los guerreros, machos excitados, sucios y vociferantes han dejado caer escudos y lanzas, y miran el eclipse con las bocas abiertas.
La recepción de las chicas no puede ser mejor: aplausos generalizados, palmadas en la espalda y risas amontonadas. Menos Yekaterina, que con esa mirada gélida (herencia de la agreste estepa rusa) me está queriendo decir que esta noche en casa va a haber bronca. Además me advierte verbalmente que a la próxima salida de tono por mi parte se larga y perdemos nuestra amistad, cosa seria ésta.
Cuando salimos del pub una última mirada me indica que el chico está considerando muy seriamente la posibilidad de enamorarse de mí. Pero sigue petrificado en su asiento y no reacciona. Y esa es la última imagen que tengo de él.
Recordando con mi amiga esta anécdota me río y solo me viene a la cabeza una pregunta, quizás algo estúpida, pero es la que me viene: ¿Cómo se llamaría ese chico?

martes, 29 de enero de 2013

Thor


Hoy me pongo a tu altura, hala. ¿Que tú vas desnudo? Yo también. ¿Qué tú a cuatro patas? Pues yo me pongo también. Quiero experimentar tu vida perruna, a ver qué tal.
Eso sí, lo del palito no pienso ir a recogerlo corriendo como si fuera una loca. Porque oye, otra cosa, hay que ver el frío que hace aquí. Que yo no sé cómo aguantas en pelota picada todo el día. Con razón te comes la estufa luego en casita.
Porque vives bien, eso sí. A mesa y mantel, tu comida preparadita, tu cama blanda siempre limpia, cacharro de agua para calmar tu sed ...
Pero he de darte una mala noticia: tienes poca esperanza de vida. Normalmente llegas a esa edad a la que nosotros empezamos a darnos cuenta de cómo es la vida, de cuánto nos queda por sufrir, por perder, y por  soñar. Disfruta mientras puedas, que tus años son más cortos y más fríos. Que dentro de nada serás un viejito con reuma que no va a querer recoger este estúpido palo, porque la vejez te ganará la batalla, como a todos nosotros. Pero a ti un poquito antes. Llegarás a esa edad en la que las almendras no saben dulces y las respiraciones cuestan, en la que tienes recuerdos y no proyectos, amarguras y no ilusiones. A esa edad en la que todo el mundo cree que eres tan inútil como la primera rebanada del pan bimbo.
Pero olvídate ahora de eso. Juguemos mientras tú y yo somos jóvenes y aprovechemos este momento bajo el sol.
¡Mira lo que tengo!  ¡Un palo! ¿Lo quieres? ¿Lo quieres?
¡A la una!
¡A las dos!
¡Y a las ...
[Para Emmanuel, por quedarse por aquí un ratito]

domingo, 27 de enero de 2013

Dónde quiera que estés


Hoy me han hablado de ti. A media tarde recibo la llamada desde España de una querida amiga que dejé allí en la soledad arrugada de una gran ciudad, y que me chilla al otro lado del teléfono algo acerca de un chico y una guitarra. Al principio no entiendo nada. Maldita rusa del demonio, a ver cuándo aprendes a hablar castellano, porque lo del polaco ya lo doy por imposible.
Cuando me percato, empieza el carrusel de recuerdos que parecen venir de otro mundo, y parecen colarse por una rendija en éste, el país de las chicas azules.
Sin pensarlo dos veces me pongo gorro, abrigo, bufanda, el equipaje entero. He de escribir, he de escribir esto que tengo dentro. Y para ello necesito mi banco en mi parque. Mi padre me mira alucinado, y me pregunta que a dónde creo que voy con estos fríos. Le contesto que he quedado con un chico, en el parque. Y salgo pitando, saltando los escalones de tres en tres, tal es mi ansia de escribir. Y es que es verdad, he quedado con él en el parque, permitidme esta metáfora literaria, amables lectores.
Llego a mi banco. Es noche cerrada, y tenemos diez bajo cero. Aparto la nieve del asiento y me aposento con el portátil en las rodillas. Alrededor, tan solo el silencio blanco de la noche.
Escribo frenéticamente, escribo sin temor y esperanzada. Escribo como si la vida me fuera en ello. Escribo desde el alma y las tripas, desde las lágrimas azules y los dientes blancos, con los ojos entrecerrados para soportar tan terrible frío.
Al rato te veo. A mi izquierda, una figura negra se acerca en la noche. Oigo tan solo el crujido de tus pisadas en la nieve dura. A la espalda llevas la guitarra, esa con la que cantas al mundo y a la noche, esa sin la que tu vida no tendría sentido.
Llegas a mi banco, y no me atrevo a mirarte, tan nerviosa estoy. Por el rabillo del ojo noto que te sientas. El silencio es absoluto, y mis manos tiemblan sobre el teclado. Percibo en la periferia de mi visión que has descolgado tu guitarra y la afinas. No hablas, tan solo me miras.
Hay un momento en el que solo se escucha mi respiración y el vaho que sale de mi boca. Cierro los ojos,  bajo la barbilla al pecho, pues tocas las primeras notas de una canción.
Dios, reconocería esa canción en cualquier parte. Son las primeras notas de "Downstream", mi canción.
Logro retener una lágrima antes de que salga y se congele. Lentamente me pongo en pie, y avanzo unos pasos. Me coloco bajo la luz amarillenta de una perdida farola en la noche. Me abrazo a mí misma, cierro los ojos y me muevo lentamente sobre el mismo sitio. La canción avanza, como la vida, sabiendo que algún día terminará. Cuando acaba de sonar esa última nota abro los ojos. Estoy sola en el parque nevado. En el banco tan solo está mi portátil recibiendo la nieve generosa en la pantalla.
No hay nadie a la vista, y sin poderlo soportar caigo de rodillas en la nieve, sollozando. Al ratito logro ponerme en pie, recoger el ordenador y volver a casa.
En la nieve voy dejando unas huellas a medida que avanzo hacia la salida. No me he dado cuenta de que hay otras huellas que se alejan del mismo banco ... pero en dirección contraria. Junto a esas huellas hay un surco estrecho y continuado, como si la persona a la cual pertenecen hubiera arrastrado algo por la nieve. Quizás una mochila, quizás una guitarra, quizás ... su alma.
[Para Luis, que dentro de tres horas cumplirá años. Considera esta entrada mi especial regalo. Y como canta Serrat, te pude olvidar, y no he querido]

Equipaje de arena


Llegarás sola a esta playa perdida
donde una estrella se posará en tu equipaje de arena

André Breton

viernes, 25 de enero de 2013

Frío


Mira que hace frío aquí, se me había olvidado. Estos días unos diez bajo cero, que hasta los patos llevan bufanda. Cuando leo a mis amigos de Valencia quejarse del frío me da la risa de polaca loca. Me parto.
Me he quedado helada estos días sentada en mi banco del parque con el portátil o un libro. Imposible respirar hielo puro, ya se sabe. Y eso que vas equipada que parece que vayas a invadir Stalingrado: gorro de lana, guantes y varias capas de ropa; y toda la buena de voluntad del mundo.
Lo peor son esas sesiones de fotos en la nieve. Y es que uno de mis fotógrafos está como una maraca, que queréis que os diga. Le molesta mi abrigo para las fotos y me hace despojarme de él a la que me descuido. Además, el tío loco está empeñado desde hace un año en fotografiarme desnuda en la nieve, cosa a la que de momento me niego rotúndamente. Ya lo hice un par de veces y no repito la experiencia. Un día de estos pondré las fotos.
Porque ¿estamos locos o qué? ¡Ponte tú, fotógrafo del demonio, en pelota picada con diez bajo cero! Ya verás cómo se te quedan las almendrillas, ya. Seguro que ya no te quedan ganas de pasarte un buen rato posado va y posado viene.
Que nunca tienes prisa cuando soy yo quién se ha de tumbar en la nieve. Que si "Eva, pon la mano así", que si "Eva, eleva la pierna asá". Pero ¿tú estás tonto o qué? Si estoy por beberme el anticongelante del coche, flipado.
Mira rico, te voy a explicar una cosa: a Eva un día de estos le da algo en una de esas sesiones y la van a encontrar por la mañana más congelada que a Jack Nicholson en la escena final de "El resplandor". Eso sí, sin tanta mala leche, que yo no voy por ahí persiguiendo a nadie con un hacha.
Aunque en tu caso ...  mmmh



miércoles, 23 de enero de 2013

Enamorarse


Enamorarse es respirar y transpirar. Nacer cada día un poquito para Él o Ella. Es mirarse a los ojos y guardar silencio de esponja y baño suave. Sonreír, y acariciar con tu aliento la punta de sus dedos. Sacar la lengüita y tocarlo levemente, para dejarlo con ganas.
Imagínate enamorado, imagínate bebiendo néctar y azucarillos cada mañana tempranito. Colocando unas flores lujuriosas en las ventanitas de tu alma, para que entre el aroma. Imagínate mirándola a Ella, cuando entra en la sala, o en tu vida, despacito. Cuando la ves frente a ti, o en una foto. Tu respiración se agita, y no sabes a dónde mirar, de tan aturullado que estás. Pobrecito, tan niño de repente. Y da igual que tengas catorce o sesenta años, pues estás enamorado.
Hay un momento en que lo identificas y te das cuenta de haber recorrido un camino sin retorno. Suele pasar en la noche, momento de los sucesos importantes: cuando se ama y se muere, y cuando surje la esperanza de que amanezca. Estás en la cama, intentando dormir y abres los ojos mirando la sucia oscuridad, pero es su risa de chocolate lo que ves, y el iceberg de sus ojos. Te quieres morir por estar con ella y darías un imperio por que estuviera allí, contigo. Y aparece esa sensación indescriptible de pérdida y tristeza suprema, a veces acompañada de alguna lágrima de impotencia, de una crispación de los dedos ante la sábana.
Cuando la vuelves a ver, cuando te vuelve a hablar, tus manos fuertes de hombre fuerte tiemblan con miedo suplicándote te alejes de esa mujer del demonio, tanto las trastorna. Tus ojos deambulan buscando objetivo, paradójicamente alejado de Ella. La garganta se olvida de que todavía no es hora de comer y traga sin encontrar nada sólido; tan solo tu desesperanza. Tus piernas, esas en las que tanto confías para que te lleven por la vida, han decidido tomarse un respiro, y se turnan para sostener tu peso: primero una, luego la otra. Y finalmente, tu lento respirar ha decidido dar un golpe de estado y proclamar la anarquía.
Ella te mira con su pupila de tigre, y te sonríe. Victoria definitiva. Matarías por Ella, vivirías por Ella. Dejarías de vivir ... por Ella.
Luego se aleja, y te quedas mirando su ausencia de terciopelo, pues nada es igual ... sin Ella.
Da igual lo que te digan los amigos, los familiares o el sentido común. Estás enamorado, y respiras el sabor de mil veranos. Cierras los ojos y te dan ganas de saltar y no caer nunca al suelo y de gritar empapándote de una lluvia de confeti.
Me preguntas si estoy enamorada. No, no lo estoy. 
Se me nota ¿no?
[Para Iván C. por cumplir una promesa]

martes, 22 de enero de 2013

Tigre, tigre


¡Tigre! ¡Tigre! ardiendo brillante
en los bosques de la noche
¿Qué ojo o mano inmortal
pudo idear tu terrible simetría?

¿En qué abismos o cielos lejanos
ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Y qué mano osó ese fuego sujetar?
¿Y qué hombro, y qué arte
torció las fibras de tu pecho?
Y al comenzar tu corazón a latir
¿Qué mano terrible o pie terrible?

¿Qué martillo? ¿Qué cadena?
¿En cuál horno tu cerebro?
¿Qué yunque? ¿Qué puño terrible
osó ceñir su terror letal?
Cuando los astros arrojaron sus lanzas
y humedecieron sus lágrimas el cielo
¿Sonrió al contemplar su obra?
¿Aquel que creó al Cordero, te creó a ti?

¡Tigre! ¡Tigre! ardiendo brillante
en los bosques de la noche
¿Qué ojo o mano inmortal
pudo idear tu terrible simetría?

William Blake

Personalmente, siempre he pensado que este poema de Blake habla de la mujer.

[Dedicado a Raúl P. por ser capaz de captar mi esencia en dos días, y a tres mil kilómetros. Y por esos maravillosos bailes contigo en esa pista cuando todo el mundo se había ido]

En las sombras


Esto no va a ser fácil de escribir. Pero chicos, he de contarlo, he de contároslo. Va a ser una especie de catarsis, espero. Porque así me recuerdo, acurrucada en el suelo, y en las sombras. Y es que te temía. Cada vez que íbamos por la calle y me obligabas a mirar al suelo si nos presentaban a un chico, por ejemplo. Mis amigas me contaban que los chicos decían que yo era una muchacha triste, pues siempre miraba hacia abajo. No sabían que no se trataba de tristeza, si no de miedo. Tus celos patológicos, tu hiperviolencia, tu mala leche. Todo eso recuerdo.
Lo peor era al llegar a casa, en la intimidad. Primero eras muy suave, casi amable. Pero te gustaba el efecto sorpresa, acuérdate. De repente, y sin venir a cuento, y propiciado por historias que sólo tú sabías, me cogías fuerte del pelo y me tirabas de un fuerte empellón al suelo. Tus patadas no eran con el empeine, no. Habías depurado la técnica. Lo hacías de arriba a abajo, golpeándome con la suela y el tacón, una y otra vez, una y otra vez. Dolía mucho, pero mucho. Ni mis gritos, ni mi llanto te ablandaban. Golpeabas de arriba a abajo otra serie. Cambiabas de pierna para no cansarte. Me dolían los hombros, la espalda, los pechos, todo lo que golpeabas.
Después de la fase de dolor, comenzaba la fase de la humillación. Te agachabas, hacías sonar tu garganta, y me escupías varias veces en el pelo. Decías que no te gustaba el color. Sólo una vez conseguiste que fuera rubia, ninguna vez, morena, como querías. Me negué, era mi victoria particular. Estúpida y vana victoria, pero mía. Decías que mi pelo rojo natural, potenciado casi siempre por el tinte, era de zorra. Y que los escupitajos era lo que me merecía hasta que lo cambiase al color que te gustaba: el negro, como tu alma.
Te odio, y por eso huí de ti. De ti y de tus dos matones. Sé que si algún día me encuentras me matarás. Porque dices que soy tuya, y todavía no sabes que pertenezco al verano y al cielo, a la bondad y a la sonrisa, al correr libre pisando la arena, a las canciones bailadas despacito ...
Sigo soñando que Él llegará en cualquier instante, y me alejará de ti definitivamente. Que a partir de ese momento la saliva será erótica y consentida, y los golpes, suaves cachetes en mis nalgas. Que se sustituirán las patadas por las caricias, y que mis lágrimas serán de felicidad y no de dolor.
A veces pienso en mi alma como en un pajarito con el ala rota. Está en el suelo de una gran ciudad intentando levantarse. Todavía vive, pero no sabe por cuanto tiempo, y su desesperación sola no puede hacer que remonte el vuelo. Un transeunte pasará, y sin darse cuenta lo pisará. Sus huesecillos de arena crujirán y el pajarito morirá, con una lágrima en el ojo y escupiendo sangre. Como estaba yo en aquel suelo.
[Dedico esta dura entrada a todas las mujeres (y algunos hombres) que han sufrido este dolor. Y también a todos los hombres buenos que jamás lo infringirían]

domingo, 20 de enero de 2013

Si por casualidad ...


¿Y si por casualidad ... nos encontramos?
Tú caminas una tarde de verano por una ciudad en el mundo, justo antes de que se ponga el sol. Puede que vivas ahí, o puede que estés de viaje. Puede que quieras huir de ti mismo. O puede que simplemente quieras dar el último paseo del día.
Yo deambulo por la misma ciudad, y a la misma hora. En ese momento busco mi momento favorito del día, ese en el que la luz se va muriendo y te deja pensando si la volverás a ver al día siguiente.
Hay mucha gente. Parece que todos hayamos tenido la misma idea. Va a ser difícil que nos encontremos. Pero no anticipemos, dejemos que suceda.
Hay un momento en el que sientes el frío de la noche llegar a ti, y decides volver a casa, o al hotel, sin saber que esa decisión te cambiará la vida. Atraviesas un parque junto a un pequeño lago porque te parece bonito como itinerario de vuelta. Hay menos gente. Todos se retiran buscando protegerse de la noche.
Yo camino junto al pequeño lago, mirando las aguas tranquilas como sábanas estiradas en una cama recién hecha.
En ese momento me ves. "Esa chica ... ", piensas. Algo te hace cosquillas en el cerebro, en los recuerdos. "Ese pelo de fuego, esa silueta ... "
En cuanto a mí, el ángel del destino me acaba de dar una bofetada, y con cara de enfado me grita que me gire. De ello depende mi vida futura. Lo hago.
Y se produce el momento. Te miro a los ojos. Miras a los míos. El reconocimiento supremo, momento irrepetible, porque nunca volverá a darse. Disfrutémoslo por unos segundos.
Te acercas nervioso, te lo noto. Yo también lo estoy. Ha pasado tanto tiempo. Y la casualidad, tan traicionera y perversa otras veces ha querido que dos personas se encuentren en el mismo lugar y al mismo tiempo. ¿Es posible tanta bondad? ¿Tanta felicidad? Todo alrededor se vuelve silencioso de repente.
Llegas a mi altura, me miras sereno. Aspiras mi aroma, y algo me dice que te gusta. Me dices en español: "Hola". Te respondo en polaco: "Halo".
Estamos tan emocionados que ni siquiera nos damos cuenta de que en ambos idiomas la palabra solo varía en un baile de vocales. Sí, una nueva casualidad, y nos reímos cuando nos percatamos.
Pero durante esas risas no dejamos de mirarnos a los ojos.
[Dedicado a Pedro G. por tratarme en todo momento como un perfecto caballero]

sábado, 19 de enero de 2013

A los quince años


A los quince años se ríe. A los quince años se canta y se baila. A los quince años se tienen proyectos, no recuerdos. Se tienen ilusiones, no amarguras. Y se tienen porque el tiempo es de azúcar, y se toma a sorbitos, poco a poco.
A esa edad, las vivencias recordadas son un postre dulce y exquisito. Que se toma con la persona elegida y soñada.
Los hombres te miran por la calle, debatiéndose entre el deseo y el respeto, pues todavía eres una niña. Tú, que sabes perfectamente que ya no lo eres, te aprovechas de la situación y coqueteas. Una mirada de abajo a arriba, un pestañeo inocente, ahora te subes la faldita para rascarte por encima de la rodilla, un lametón a la piruleta. Todo muy en plan Lolita; eso los vuelve locos, el sentido de lo prohibido.
A los quince años todavía crees en el amor, pues todavía nadie te ha aplastado el corazón en su ruda mano. Y piensas cada noche que un día mirarás al cielo y descubrirás nubes rosas, que beberás de las fuentes públicas sirope de chocolate, y que tu papá y tu mamá nunca morirán, dejándote sola y torcida.
Los quince años ya no volverán nunca más, ni en tu vida ni en la mía.
La verdad es que no ha pasado tanto desde entonces, pero lo siento muy lejano, como si hubieran pasado muchos años de estaciones vacías, nieves eternas y hojas de otoño.
Una leve tristeza se apodera de mí por un instante. Miro la foto, la fotografía estática de una niña sonriente, feliz de tener quince años. Y me doy cuenta de ser perecedera.

viernes, 18 de enero de 2013

Rutinas


Mi padre me hace una foto robada desde el asiento de atrás en el autobús. Dentro de dos paradas me bajaré para ir a la universidad. Él se quedará y seguirá hasta su puesto de trabajo, cinco paradas y 15 minutos más allá en el tiempo y el espacio.
Cuando baje del autobús miraré el cielo de invierno, y escucharé el sonido de los motores de los coches. Oleré el humo e imaginaré un lugar mejor en el que vivir y morir. El resto del día, observar las mismas caras, las mismas voces, los mismos lugares.
Rutinas.
Tú que lees esto, ¿te has parado a pensar todas las cosas que haces día tras día exactamente iguales a las del día anterior?
Dicen que eso nos ayuda a organizar mejor el mundo, a movernos más rápidamente en él. Pero no nos enseña, estoy segura, a vivir mejor recorriéndolo, saboreándolo, dándole de patadas para ver si cambia de forma.
Dicen que la vida es así, que el tiempo presenta los tres estados de la materia. El pasado es el estado sólido, pues es duro y no se puede cambiar. El presente es el estado líquido, pues fluye sin cesar y no lo puedes atrapar, se te escurre entre los dedos. El futuro es el gaseoso, pues aún no tiene forma y no se sabe que hay tras esa espesa niebla.
Esta noche tú y yo apagaremos la luz cuando vayamos a dormir, cerraremos los ojos, quizás oiremos el tic tac del reloj (si somos de esa clase de personas que necesitamos escucharlo, para saber que el tiempo sigue corriendo). Luego dormiremos, quizás de un tirón, quizás no. Pero lo haremos. Y dentro de veinte años ni siquiera sabremos qué hicimos este día. De la misma manera que tú ahora no sabes qué hiciste el 20 de abril de 1998. ¿O sí?
Todo repetido. Todo previsible ... y olvidable.
Rutinas.


jueves, 10 de enero de 2013

Regreso al hogar


No sé porque lo llamo hogar. Quizás porque nací aquí, en Katowice. Dicen que cuando naces y abres el ojito, lo primero que ves se convierte en tu hogar. Pero la verdad es que soy mucho más española que polaca, ya que he pasado entre idas y venidas, muchos más años en España que aquí. De hecho, hablo perfectamente bien el español, en cambio tengo muy olvidado el polaco (aún así, cuando siento, en esos momentos de euforia o llanto es el idioma que más me sale, en el que me expreso libremente).
Al bajar del tren en la estación me recorre un gustito de terciopelo al veros, papá, mamá y Nadia, hermanita. Ahí estáis, lágrimas de cristal cayendo, como si no esperárais verme después de tanto tiempo. Me tiemblan las piernas y recorro los metros que nos separan con inquietud y esperanza, soportando mis sollozos. El abrazo final, hechos una piña. "Kocham cię", os quiero.
En el camino en coche a casa pego la cabeza al cristal, sintiendo la vibración del motor, y observando el cielo gris-azul de mi hogar. Y ese frío, propio de estas tierras, que se te mete dentro y no quiere salir, pues está muy calentito. La melancolía de lo dejado atrás aparece en mis ojos, los recuerdos, los suspiros, las ansias y las locuras. Los cierro, pues no quiero ver al otro lado del cristal caras y sombras olvidadas o deseadas.
De momento no hablamos. Ya habrá tiempo de hacerlo, y que os cuente lo que se pueda contar. Que ya sabéis que hay cosas imposibles de pronunciar. Las tengo guardaditas en una caja con adornos dorados y espejitos de vidrio verde, para que se piense que lo que contiene es tan bonito como su exterior. Tú y yo sabemos que no es así: balcones y suelos fríos acuden a mi mente atormentándola a veces.
Me muero de ganas de visitar la casa de la abuela, de volver a esa ventana en la que una noche de verano apoyé los pies y conté las estrellas. Alguien me hizo una foto robada, y acudo a ella cuando necesito arroparme con algún que otro recuerdo.
Papá, he de pedirte algo: esta noche haz eso que hacías cuando era pequeña, por favor. Llévame a la cama, siéntate en ella y sube mi manta hasta el cuello, quitándome el frío. Acaríciame el pelo, como antes, con pausa, serenamente. Me gusta que un hombre me acaricie el pelo sin que haya ningún deseo sexual por medio, como en tu caso. Y luego, cuando me veas dormida, sal despacito. Pero acuérdate de no cerrar la puerta del todo. Deja una rendija como a mí me gusta. La necesito para que entre un poquito de luz en esta oscuridad, y para poder levantarme a medianoche y aplicar mi ojo azul a ella. Quiero comprobar que seguís estando ahí.
Quiero saber que nunca más voy a estar sola.

jueves, 3 de enero de 2013

Te saco la lengua


Te saco la lengua como bienvenida. Te saco la lengua como advertencia. Te saco la lengua porque me gustas. Porque me asustas, pero me apasionas. Porque me engancho a ti como loca. Te saco la lengua, pero no me la muerdas, aunque sé que tienes ganas. La necesito para muchas cosas: para bendecirte, para besarte, para lamerte, para insultarte y para jugar contigo. Qué sé yo... Intuyo que en el futuro vas a querer que hagas cosas con ella. Por eso, ahora ...Te ... saco ... la ... lengua ...

El país de las chicas azules I


No soy de este mundo. Vengo del país de las chicas azules. En realidad, me he escapado y no sé el tiempo que estaré entre vosotros. Porque sé que me buscan. Tratan de encontrarme para devolverme a ese lugar de donde no debería haber salido. Pero, ¿qué queréis que os diga? Vi la oportunidad, un agujero en la valla, y no me lo pensé. Porque quiero recorrer vuestro mundo. Estoy aquí para observaros, para aprender, para amaros y aprovechar la oportunidad de vivir. Soy consciente de que han mandado localizarme, y huestes de esbirros hacen su trabajo preguntando por la ciudad, averiguando. Eso sí, disimuladamente.
El país de las chicas azules es un paraíso, fuentes ornamentadas en las calles de las que sale agua de color de rosa, niños que ya nacen besando, música que suena a tu alrededor constantemente. Hay playas de arenas finas donde siempre es verano, y noches eternas para vivirlas con quien tú quieras, contando las estrellas. Todo es maravilloso allí de donde provengo. Por eso he escapado. Por eso me buscan e intentan impedir que os lo cuente. Para que no queráis ir todos allí, de golpe. Mientras no me localicen, seguiré entre vosotros observando desde mi atalaya, caminando despacito, y mirandóos con mis ojos ... azules.
[Dedicado a Jose, el eterno viajero y conocedor de mundo, con quien pasé una nochevieja "virtual"]

Kocham cię


Kocham cię, así te lo digo, en polaco. Porque cuando siento lo hago en ese idioma. Significa Te Quiero. Y te quiero porque respiras, y porque me miras y sé lo que estás pensando. Porque rodeados de una multitud hay una conexión entre los dos, y nos sonreímos con los ojos. Todavía no tienes nombre ni rostro, ya te los pondré. No hay prisa. 
Te quiero por la mañana, y hasta la noche. Y porque te pones colorado cuando te lo digo. Me gustas, me enloqueces, me vuelves niña, te admiro y te deseo. Me arrebatas, me enamoras, me conviertes en una posesa, en un trasto, en una cosita inquieta. 
Quiero gritar en los cinco continentes que te quiero, y me inventaré un sexto solo para poder decirlo. Me gustas cuando piensas, y tu cerebrito calcula posibilidades. Me gusta cuando follas y no estás para nadie, solo para mi. Cuando caminas, cuando me regalas cositas, cuando lloras a pesar de ser hombre, que eso lo lleváis mal. Me gusta tu voz, aunque aún no sepa cómo suena, tus susurros, tus gritos, tus jadeos. Tu ropa, esa que te quiero quitar siempre. Tu aroma, ese que quiero absorber. Me gusta el sabor de tu lengua, y de tus dientes y de tu piel recién duchado. Me gustas cuando me ves bailar y brincar y me deseas, pero no te puedes mover del sofá, arrebatado que estás. Me gustas cuando me pones crema en la playa y aprovechas el momento para detenerte en mi piel, hecha de verano. Y cuando vamos al agua y te salpico: te encojes del frío y del gusto, pero me sonríes, y eso está bien.
Te quiero, y estoy loca por ti, aunque aún no lo sabes. Ni me sospechas.
Pero un día apareceré en tu vida, despacito, como me gusta a mí ... Kocham cię.

[Dedicado a Atreyu, mi héroe desconocido de la Historia Interminable. Kocham cię]

Me parto


Soy de las que se parten de la risa cada dos por tres. No lo puedo evitar. A veces provocado por mi, a veces por los demás. Me encanta cuando te toco un hombro y cuando te giras ya estoy en el otro lado. Y me parto, y salgo pitando para que no me cojas. Porque soy un bicho, y un trasto.
Me parto en los funerales, pero no como falta de respeto, sino para reírme en la misma cara de la muerte. En un funeral ella juega en casa, como local, y yo voy de visitante. Y siempre es mucho más gratificante marcar un gol fuera de casa. Y es que me da la risa, cuando veo al señor muerto, tan serio él, que parece que le hayamos hecho algo.
Porque hay que ver lo mal que tratamos a los muertos, eso sí. Los maquillamos como si fueran actores, ahora que la obra ha acabado, elegimos las ropas que van a llevar, como si ellos no tuvieran personalidad, los metemos en una caja estrecha para no dejarles bailar, y finalmente, los dejamos solos en un agujero, alejándonos de ellos con la frase ¡Hala, púdrete!
Que no hombre, que no, que deberíamos tratarles de otra manera. Deberíamos tenerlos en casa, y perfumarlos. Y al acabar el día, susurrarles al oído cómo nos ha ido. Darles el beso de buenas noches y decirles lo mucho que los hemos querido en vida. Cambiarles la ropita cada día, y presentarles a los nuevos novios, para su aprobación. Y sobre todo, intentar cumplirles los deseos que no pudieron conseguir en vida.
Bueno, que me voy del tema. Los que me conocen dicen que mi risa es contagiosa, como la gripe, pero no tan dañina. Empiezo a reír y todos ríen. Siempre me dicen: "Calla, Eva, no empieces".
Cuando me parto se me achinan los ojos, me tapo la cara con las manos para que no se me vaya tanta risa, y me inclino levemente hacia delante.
Como en la foto. Recuerdo esa foto. Me la hizo Fran, mi amigo fotógrafo, que me ha tenido tantas  y tantas veces enfocada bajo sus cámaras. No sé que dijo, y sucedió: me partí. Literalmente. Su alma de artista reconoció el momento, agarró a toda velocidad una cámara y disparó. Todo eso me lo contó después. Yo en ese momento no me enteraba de nada, bastante hacía con morirme de la risa. Me gusta esa foto. Y me gusta porque me reconozco. Soy esa. Por eso la he elegido para que sea la que esté en lo alto de este blog, donde deben estar las cosas importantes.
Veo la foto y cada vez que me acuerdo de esa escena ... sí, lo habéis adivinado, me parto.

[Dedico esta entrada, a J43 Javier, que sé que le gusta mi risa. 
Por una noche única escuchando el "Troughs" de Tom Day, momento especial en el que mientras sonaba la canción yo le hablaba del país de las chicas azules. No es una canción; es una caricia. La caricia que no he podido darle en esta vida, pero que puede que en otra, por fin, sí se me permita hacerlo. 
Y para que, dentro de meses o incluso años, se acuerde de mi y no me olvide. 
Que sepa entonces que Eva se enamoró de él durante unas horas mágicas. 
Kocham cie.]

On the beach II


Me sumerjo. Hasta el fondo si puedo. Y si puedo, salgo a la superficie. 
Una vez casi morí ahogada en una playa. Una sensación primigenia, de intentar salvarte te invade. Abres la boca buscando aire, y solo entra agua y más agua. Hay un momento en el que te abandonas, en el que sabes con absoluta certeza que ha llegado tu hora. Que todo lo que has hecho en la vida te ha conducido a ese preciso y definitivo lapso de tiempo. Que lo último que vas a ver en esta vida es ese trocito de cielo azul de mañana de agosto. Y te da rabia, porque no vas a poder  leer más libros, ni encontrar al hombre de tu vida, ni besar, ni follar, ni enfriarte en invierno y calentarte en mayo. Ni escuchar trinar a los pájaros con sus voces de canicas, ni contagiar tu risa a los demás.
No vas a poder hacerte vieja, y que los hombres te dejen de mirar, ni vas a poder perder visión. No vas a poder tener hijos tontos ni montar más en bicicleta, ni aprender un idioma nuevo, ni descubrirlo todo con Él.
Sabes que todo se acaba ahí. Pero de repente, una mano que te agarra, y es como si te agarrara el corazón. Te saca la cabeza ... y respiras ... esas inhalaciones, os lo juro, es lo mejor que me ha pasado en la vida. 
Sin esas inhalaciones esto jamás hubiera sido escrito.

Observar


Me gusta mirar, observar. Soy voyeaur por naturaleza. Me gusta escudriñar y no perderme nada. Con mis ojos, con una cámara, con los ojos de otro y que me describa. He observado los puentes de París a través de los ojos de Víctor Hugo. He abierto la cámara funeraria de Tutankamón vista por Howard Carter. He observado la luna, gracias señor Armstrong. Hasta he mirado la crucifixión, si es que tuvo lugar. He mirado siempre que he podido, y si me han dejado. Y es que soy una sentimental, debo reconocerlo. El hecho de presenciar algo ya te hace participante del mismo.
Y como te descuides también te observaré a ti, descubriré tus puntos débiles e intentaré atacarlos. Pero no podré, ya que a esas alturas habré observado también tus virtudes y me sabrá mal.
Lo bueno de observar es que es un momento único, que pasa inadvertido si no estás mirando en ese instante. Un descuido, y ¡zas! ya no lo ves. Y aquí no esperes la repetición, que esto es la vida, no un estadio de fútbol. Y en la vida, o lo ves o no lo ves, o estás ahí en ese lugar y tiempo determinado, o no lo estás.
Un cúmulo de circunstancias han hecho que tú me estés leyendo a mi en este preciso e irrepetible momento. Una cadena de acontecimientos y casualidades. Si hubiera fallado aunque solo fuera una de ellas ...
Pero no han fallado, y aquí estamos.

Juegos


No te cansas de jugar, y mira que una ya no está para esos trotes. Además, que tu juegas con ventaja: tienes cuatro patas, el doble que yo. Y encima no metes, como yo, alguna de ellas cada dos por tres.
Este es el juego más tonto que he visto. Me pides que te tire la pelota, sales pitando, y me la traes. Si quieres que esté aquí ¿para qué me haces lanzártela lejos?
¡Ah! Que te gusta correr. Pues vaya con lo tuyo. Yo solo corro cuando se me escapa el autobús o para encontrar al amor de mi vida, pero hasta la fecha Él es más rápido que yo. Sí, alguna vez me ha parecido vislumbrarlo en la distancia, pero sería un efecto de la luz.
Pues nada chico, que oscurece y no sé los perros, pero las chicas necesitamos acurrucarnos cuando llega la noche.
Sí, vale pesado, te dejaré un sitio a mi lado. Y no hace falta que lo expreses todo a lametazos, que tengo el pelo recién lavado.

A pleno sol II


Que calorcito más agradable, por favor. Me sobra hasta el bikini, pero no es cuestión de montar el numerito, claro. ¿Te acuerdas, Yekaterina, cuando en aquella playa nos lo quitamos todo y nos echaron? Los tíos de la playa abucheaban a los guardias. Eran incondicionales nuestros. Para siempre.
El calor me aturde y me adormece. Me gusta la sensación de hormiguitas recorriendo mi estómago y mis piernas. Voy a echar una cabezadita. Avisadme cuando os vayáis, no sea que me quede aquí y me queme. Que tengo la piel blanca curtida por la nieve del invierno del este. Dormida me quedo. No hagáis ruido.
shhhhhhhhh ...
Me vais a despertar, y ahora no me conviene, que estoy soñando con el verano eterno de helados de vainilla y risas de niños.

Cositas


Nos aferramos a nuestras cositas, las acaparamos, las cuidamos, las rompemos, las usamos y las coleccionamos. Son de diferentes colores y materiales. De diferentes texturas y sabores. Cositas.
Tú que lees esto, mira a tu alrededor en este momento y presta atención al colorido diferente de las diferentes cositas que tienes cerca. Hay miles, literalmente. Puedes levantarte, elegir una y tocarla. ¿Sabes lo que eso? 
Que estás vivo. Si estuvieras muerto no lo podrías hacer. Y creeme, llegará el momento en el que no lo puedas hacer. Que querrás y no podrás, porque estarás muerto. Dentro de 100 años, tú que lees esto y yo que lo he escrito no podremos tocar esas cositas a nuestro alrededor. Aprovechemos pues, y toquémoslas ahora que podemos. La ventaja que tenemos, es que ellas se dejan tocar. ¡Son más guarras!

Mis piernas VI


Pues aquí las tengo: mis piernas. Son muy amigas, jamás están la una sin la otra. Todo lo más, se separan un metro como mucho. Se coordinan a la perfección, primero avanza una y después la otra. Pero para saltar, suelen hacerlo a la vez. Hace tiempo que se dieron cuenta de que si colaboran el salto es más potente.
Sin embargo, últimamente he detectado que una está triste. Se trata de la izquierda. Creo que se ha percatado de que soy diestra. Y de que cuando se trata de dar una patada a la vida casi siempre suelo utilizar a su hermana de al lado. Está mosqueada, ya que quiere participar, pero se siente más torpe y eso mina su autoestima.
¡Ya lo tengo! La entrenaré. Nos iremos a un parque, durante la noche cuando no haya nadie, y le daré patadas a la vida solo utilizándola a ella, para que adquiera confianza y destreza.
Dentro de un tiempo estará tan contenta como la otra. Y yo también, ya que podré sacudir a esta vida con ambas piernas. Pero solo cuando se lo merezca.
[Para Eduardo, que me dio una tremenda lección: no hace falta enseñarlo todo para ofrecer una imagen erótica]

Tres azules


La brisa peina mi pelo. Usa la sal marina como púas. No se por qué se toma tantas molestias, pues dentro de un rato estará hecho un asco. Y me meteré en el agua.
Qué azules más bonitos. 
Y digo azules porque hay tres, y los tres diferentes. El primero es el del mar, intenso y que se va oscureciendo a medida que dejamos la orilla. Como la vida, que hace lo mismo a medida que abandonamos la niñez.
El segundo azul es el del cielo. Etéreo y suave como una caricia en invierno. Menos denso a medida que ascendemos.
El tercero es el de mis ojos, que no lo véis pero está presente, creedme. 
Me gusta juntar los tres azules siempre que puedo: el del mar, el del cielo, y el de mis ojos, para poder mirarlos.
[Dedicado a Juan Carlos. Eres guapo por fuera y por dentro. Gracias por ser así]

Señor árbol


Señor árbol: no se encapriche conmigo porque haya querido bailar con usted desnuda esa canción. Bueno, técnicamente no estaba desnuda, que conservaba mis braguitas. Pero usted ya me comprende, que a una le da el arrebato y pilla al primer "voluntario" que le apetece y se pone a bailar con él.
Sí, ya sé que la situación no era nada habitual, pero yo es que soy así. Me da por hacer algo y ya está. Soy un espíritu libre. Y le agarré a usted, que es lo que tenía más a mano. No, no se me ponga cachondo, que mis intenciones son honestas. Nada de sexo en la primera cita. El tiempo dirá. Aunque no sé, le vi a usted un poco desmejorado. ¿Qué? ¿Cómo dice? Ah, ¿Que se le habían caído las hojas de otoño? Pues haber empezado por ahí. Todo tiene su explicación.
Bueno, señor árbol, he de irme, pero primero me vestiré, no sea que me vea saliendo de este monte su señora esposa la palmera y la líemos.
[Dedicado a Toni, mi bigote favorito. Sentí tus cosquillas incluso en la distancia]

On the beach I


Ya lo cantaba Chris Rea: On The Beach, con esa guitarra maravillosa tocada con el cristal de un cuello de botella. Qué bien se respira en la playa. Lo admito, no podría estar en un lugar donde no hubiera playa. Es mi sitio de escape, incluso en invierno. El sol que te da por todas partes, te metas donde te metas. Pues si buscas sombra, te acaba encontrando, ya que se mueve a lo largo del día. Y debes moverte tú otra vez y despistarlo buscando otra sombra. 
Y todo el día así, en constante persecución. Al final te rindes y gana él. Y vuelves a casa rojita, pero contenta, recordando un maravilloso día de playa.

[Para Lluís, un hombre bueno encontrado en la playa de la vida]

Enredos


Me enredo el pelo. Y me enredo la vida. Me enreda la vecina y me enredas tú. Me enreda el chico que quiere ligar conmigo, y me enredan los hombres de las redes sociales.
Todo es enredo y desorden. No saber qué es lo que viene a continuación, aunque ya esté escrito. Es como leer un libro. El final ya está determinado, pero te queda camino hasta llegar a él. Un camino enredado. Y hacen falta buenas herramientas para desenredar. Un poquito de paciencia, una alta dosis de humor, y mucha pasión. Pero mucha.
Debes tener empatía y simpatía. Debes carecer de apatía y antipatía. ¿Es posible semejante disparate? Debe ser que sí, cuando tarde o temprano acabamos desenredando lo enredado. Como mi pelo.
[Para Emi, mi artista de badoo. Siento que ya no me puedas pintar ese desnudo que querías. No cambies, sigue así de dulce]

Me miras


Me miras, pero tu mirada viene del pasado. Lo que pasa es que alguien nos tomó una fotografía. Y ahí estás tú, eternamente mirándome. Mirándo como duermo, y como sueño. Como respiro y transpiro. Miras mis ojos azules, a pesar de que los tengo cerrados. Miras mi nariz y mi pelo de fuego. Te preguntas porque tengo la piel tan blanca. Te lo he explicado miles de veces: porque del país de donde vengo no necesitamos melanina. La vendemos, y con lo que ganamos, solucionamos la pobreza.
No te cansas de mirarme. Podrías estar durante horas mirándome y no cansarte, dices. Creo que exageras. En realidad no soy para tanto.
¿Sigues mirándome? Parece ser que sí. Pues va a ser verdad, y no te cansas. ¿Ahora dónde estás? Ah, ya has bajado del cuello. La cosa se pone realmente interesante ... mmmh ...
¿Te gusta lo que ves? ¿Sí? Lo sabía.
Es que te tengo hechizado. Te pediré un deseo entonces: un beso de buenas noches, o quizás, una última llamada telefónica del día. Un "Te he echado de menos". O mejor aún, un "no puedo dejar de mirarte".
¡Huy!
Me he olvidado de que ya no estás. De que solo eres una foto. Una fotografía en la que tú ... estás ... mirándome.
¿Qué miras?

Yekaterina


Yekaterina, o como lo pondrías en tu ruso natal, Екатерина. No solo mi compañera de habitáculo, también mi amiga y consejera. Juntas pasamos algunas noches solitarias. Juntas hablamos de los hombres, y juntas hacemos alguna que otra barbaridad. Da igual lo que hagas, hay que hacerlo juntos.
Y te debo mucho, lo sabes. Te debo la vida. Se me pudo ir en aquel balcón una noche de invierno a las tres de la mañana. Pero tú estabas allí, para convencerme de un tirón bien dado de mis hombros y arrastrarme desde esa barandilla. Caer las dos al suelo frío de ese balcón, absorbiendo la noche y las estrellas. Acariciarme el pelo en ese mismo suelo, tiradas, y decirme despacito "Ya pasó, mi niña, ya pasó" con tu acento ruso. Y yo lloré y lloré en ese suelo frío, pero lo sentía cálido pues tú me abrazabas. Tu voz, Yekaterina, la escucho cuando las sombras negras invaden el parquecito privado de mi interior. Se enciende la luz entonces, y ya nada es igual. Donde había incertidumbre, hay claridad. Donde dolor, aceptación. 
Me gusta, Yekaterina, que me llames "Mi niña", me consuela y me conforta. Es como un buen postre, dulce y sereno.
Y perdona por esas discusiones tontas de la vida cotidiana, de la convivencia. Esas discusiones en las que tú hablas en ruso y yo grito en polaco, con lo que no nos entendemos la una a la otra. Lo hacemos así conscientemente, para no hacernos daño. Al rato se nos pasa y corremos las dos para darnos un abrazo. Y ese abrazo no es ni en ruso ni en polaco, pues los abrazos no tienen nacionalidad. Es bien común de la Humanidad. 
Quédate conmigo muchos años, Yekaterina, pues tengo miedo de lo que vendrá. Tengo miedo de los balcones y del frío. De mi llanto desconsolado.
Y de que no haya nadie para llamarme "Mi niña".

Reflejos II


De nuevo los espejos. Alguien los creó para que nos hablaran de lo que no queremos. Espejito, espejito ... ¿Quién es la más bonita?
Y tú, vanidosa que eres, piensas que va a contestar que eres tú, como no. Pero un buen día dice el nombre de otra. Y te da rabia.
Y Él, esa persona que te importa de verdad anda por ahí y lo escucha. Y entonces sabes que lo has perdido para siempre, pues se va a fijar en ella y te va a dejar ... por ella.
Porque es así, y punto.
Ahora me miro en el espejo. ¡Jo! pues soy mona, con mi minifalda a cuadros y mis calcetines. Las manos detrás para sacar pecho. De orgullo. ¿No me quieres? No pasa nada. Alguien lo hará.
Tranquila, Eva. Alguien lo hará.
[Dedicado a Jose. Se nota tu bondad y tu dulzura a través de la distancia. Una se siente protegida contigo]